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(por José Fermín Garralda)-
Adjuntamos un artículo de don Alberto Ruiz de Galarreta, publicado en el boletín carlista "Lealtad", dirigido por nuestro también amigo Eloy de Landaluce. Ambos son de la generación de nuestros padres, que tuvo los mismos problemas que hoy.
Ruiz de Galarreta tenía un gran olfato político. El artículo adjunto es antiguo, de 1997, pero a su vez tremendamente actual.
Nuestra coyuntura no es original, ni única en el ámbito político. Está claro que otros anduvieron antes que nosotros por los mismos problemas y situaciones. Ello no es extraño porque Ruiz de Galarreta, Landaluce y tantos otros, pertenecen a la misma época que nosotros. Aquí no va de generaciones sino de grupos de generaciones encadenadas, subsiguientes. No, no estamos en el s. XIX, sino en situaciones de orfandad en relación con cuál es la cabeza política de España, nuestra Monarquía.
Don Alberto se refería a Felipe de Borbón, que todavía era joven. En ese momento, indicaba las tentaciones que tiene todo carlista cuando se encuentra huérfano de monarca. También hoy reaparecen. Son tentaciones muy sutiles, tanto para quien puntualmente se apartó de la Comunión Tradicionalista Carlista a partir de 1986 y han estado en Babia, como para quienes se ponen nerviosos y tienen que reforzar sus esperanzas. Como si no fuese bastante la esperanza de la Iglesia y de la milenaria España.
No, no bastan sólo las personas. En realidad es necesaria... ¡la conjunción de ideas y personas!
Tampoco bastan las generalidades que dejan la verdadera definición de uno mismo al futuro, es decir, cuando por fuerza mayor se tenga que concretar al máximo. Ocurre que eso va para largo y si la concreción se deja para mañana, éste nunca llegará. Además, podemos definirnos ya. Podemos responder qué haríamos o no en las actuales circunstancias, y hasta qué punto llega nuestra crítica a la situación presente. Preguntarnos por qué estaríamos siguiendo un príncipe en el destierro. ¿Optaríamos por ser progres, por el socialismo, por la democracia cristiana y el liberalismo moderado -todo ello muy a la moda y que no supone persecución alguna-, o por una restauración verdadera y eficaz? ¿En qué consistiría ésta? ¿Buscaríamos sobre todo limar los motivos de la mundanal persecución?

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