Boletín Oficial de la Comunión Tradicionalista Carlista de Navarra

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martes, 23 de abril de 2019

Dios -Jaungoikoa- es lo primero

Dios -Jaungoikoa- lo primero y fecundando la Patria

Para hablar de Dios y lo católico no es preciso imbuirnos de Economía ni utilizar la Economía como un reclamo. Hablar de Dios y lo católico no necesita presentaciones, ni muletas. Basta seguir la naturalidad del vivir.

Para hablar del matrimonio, la familia, el derecho a la vida y a la eduación de los hijos, para hablar de la propiedad privada, no es preciso afirmar que el tema más serio que tenemos entre manos es la unidad de España, el separatismo y las autonomías. Hablar de lo que configura al hombre, a la persona, no necesita presentaciones, ni muletas. Basta seguir la verdad íntima de cada persona.

Hablar principalmente de España y reducirla a que dejen a la gente honrada el serlo, que le dejen en paz, que no se entrometan ni manipulen contra sus libertades más básicas, es tomar el mensaje menos importante  aunque muy llamativo, olvidando el otro mensaje maás importante y más constitutivo, como es la dependencia de la realidad España con la religión católica, y la afirmación de la presencia de Dios en la dimensión juridico-política de los españoles.

Decir verdades menores no debe ocultar decir las verdades mayores que son constitutivas. No solo hay que quebrar la vergüenza y complejos que se han impuesto durante décadas a los españoles, sino que sobre todo hay que quebrar las grandes líneas que mantienen la corrupción del edificio social,  politico y religioso. No hablar de estas resulta vergonzante y supeditado a lo políticamente correcto.

Decir verdades mayores no está supeditado a lo que diga el alto clero, pues cuando se criticó la primera vez a Vox, salió el cardenal de Valencia mons. Cañizares diciendo que no había que escandalizarse porque se sabía que cumplía la Constitución. 

Nuestra primera preocupación es la religión católica, la actual persecución religiosa, y la moral más básica relativa a la vida, al matrimonio, la familia y la,educación. La unidad de España está en segundo lugar y, desde luego, depende de lo anterior primero. ¿Y qué es España? La Patria común que reúne las patrias menores pero esenciales, expresadas en Fueros y no Estatutos de autonomía, que cada comunidad histórica tendrá que rehacer al compás del transcurso de su vida propia. Fueros vinculados al principio de subsidiariedad y al derecho natural, no a la idea de Estado, ni grande ni pequeño. Y queremos una monarquía de verdad, que respete todo lo anterior y que gobierne, donde el rey sea el defensor de los nasciturus, ancianos y enfermos, de los más débiles. Ni la Patria es la lengua ni es lo primero. 

Cambiar el orden de los principios, aunque sea por estrategia, significa que nos subordinamos a un error práctico, que precisamente lleva al traste todo lo que se quiere defender, porque la llamada teoría y práctica son dos caras de la misma moneda y tienen que coincidir estructural y anímicamente. 

F. de M. 

martes, 24 de abril de 2012

AUTONOMÍAS SÍ, PERO DE OTRO MODO

Tras épocas de turbulencia, cuando parece que las ideas
y hábitos se han vuelto locos, la realidad de la
intrahistoria que sostiene el presente reclama
sus fueros.
Fueros significan autarquía o gobierno propio en lo que es
de la propia competencia, instituciones según Derecho,
respeto al cauce mantenido por nuestros mayores
-sin trasvases humanamente
desorientados, aventurados y ruinosos-, principio
de subsidiariedad, y más sociedad y menos Estado
-o ningún Estado moderno-.

Junta de Gobierno de la Comunión Tradicionalista Carlista
 En estos momentos en que se está pidiendo la supresión de las autonomías la Comunión Tradicionalista Carlista se ve obligada a decir algo a los españoles.

Con el lema “Fueros”, mencionado expresamente o incluido en el concepto “Patria”, el Carlismo viene defendiendo las autonomías desde su aparición en la política, en 1833.

En el curso de la primera guerra, las potencias del norte preguntaron a D. Carlos V si restauraría los Fueros y la Inquisición. La contestación fue positiva para los primeros y negativa para la segunda.

En su Carta-Manifiesto a su hermano D. Alfonso de fecha 30 de junio de 1869, dice D. Carlos VII:

Ama el pueblo español la descentralización, y siempre la amó; bien sabes hermano mío, que si cumpliera mi deseo, así como el espíritu revolucionario pretende igualar las Provincias Vascas a las restantes de España, todas éstas semejarían o se igualarían en su régimen interior con aquellas afortunadas y nobles provincias.

Esta fue su línea política durante toda su vida que remató en su Testamento Político:

Encárgole igualmente (a su Sucesor D. Jaime) que no olvide cuán ligado se halla por mis solemnes juramentos a respetar y defender las franquicias tradicionales de nuestros pueblos. En las importantes juras de Guernica y Villafranca, entendí empeñarme, en presencia de Dios y a la faz de los hombres, por mí y por todos los míos.

El mismo sagrado compromiso hubiera contraído con cada una de las regiones de la patria española, una e indivisible, según ofrecí a Cataluña, Aragón y Valencia, si materialmente me hubiera sido posible. De esta suerte, identificados y confundidos en todos los españoles dignos de este nombre, su deber de vasallos leales con su dignidad de ciudadanos libres, compenetrados en mí la potestad Real y el alto magisterio de primer custodio de las libertades patrias…

Los tradicionalistas seguimos defendiendo la descentralización, teniendo en cuenta que la centralización excesiva ha sido una consecuencia del “espíritu revolucionario” que mencionaba y combatía D. Carlos.

Este “espíritu revolucionario” convirtió al Estado en un dios que se entrometía en todas las facetas de la vida de los españoles. Frente a ello el Carlismo ha venido defendiendo el lema: “Más sociedad, menos estado”.

Las actuales autonomías se han establecido con ese mismo “espíritu revolucionario” y hoy tenemos en vez de uno, diecisiete miniestados que siguen privando a la sociedad de sus atribuciones. Los problemas, que ya veníamos denunciando, de un estado absorbente se han multiplicado por el número de autonomías. Los carlistas queremos autonomías. Pero no como una multiplicación de naciones liberales que tiene que terminar en la ruptura de España. Las deseamos como una libertad de las regiones, provincias y municipios para resolver los problemas que les son propios.

         Y no podemos olvidar que España es el conjunto de hombres y tierras unidos por la Fe en el mismo Dios y la lealtad al mismo Rey. Eliminados, como ocurre hoy, ambos valores de nuestra vida política, no nos queda como elemento de unión más que la necesidad de la vida común. Necesario pero insuficiente para una vida exenta de conflictos.

El Estado liberal, hijo de la Constitución de Cádiz que tan alabada es hoy, oprime con su centralismo a los pueblos. Cuando establece autonomías, se convierten en caos, separatismo y ruina económica. Es el Estado liberal el que hay que sustituir por una Monarquía Cristiana acorde a nuestras tradiciones milenarias.