El 18 de julio de 1909, S.M.C. Carlos VII falleció en Varesse (Italia). Su muerte provocó el mayor dolor entre sus fieles. Fue un gran rey, con oficio, con talento y vista larga, expuesto en la guerra, victorioso en los campos de batalla hasta la extenuación y fidelísimo a España en el destierro. Un rey queridísimo por su pueblo y admirado por todos. Ante el clericalismo del raillement -parece mentira que acusen de clericales a los carlistas- supo estar en su sitio, dando al César lo que es de éste, y a Dios lo Suyo (1).
Su cadáver, vestido con el uniforme de capitán general que usó en la guerra, con el toisón de oro, la placa de San Fernando y las medallas de Montejurra y Somorrostro, fue conducido a la ciudad de Trieste e inhumado en la S.I. Catedral, junto a los restos mortales de sus antepasados, su abuelo Carlos V, Carlos VI, Juan de Borbón su padre, María Francisca de Braganza y la muy recordada princesa de Beira, la del oportunísimo manifiesto titulado "Mi carta a los españoles" del 25-IX-1864, sobre quién es el rey, qué piensa sobre el liberalismo moderno y la divisa para el futuro. Triste es El Escorial de la dinastía carlista.
En Pamplona se le hicieron unos solemnes funerales en la S.I. catedral, acogiendo a miles de navarros en sus naves, con profundo duelo. Le sucedió S.M. Jaime III de Borbón, un buen rey con olfato político y preocupación social, que mereció estar a la altura de su señor padre.
Don Carlos cumplió su palabra de "¡Volveré!". Los liberales ironizan diciendo que no volvió. Pues se equivocan de forma manifiesta: volvió en su hermano Alfonso Carlos I, volvió con sus banderas, volvió con miles de voluntarios requetés en 1936 cuando España iba a ser una colonia del bolchevismo comunista con Stalin y de la brigadas Internacionales. Gracias al esfuerzo desinteresado de los requetés y carlistas, en España se produjo la última Cruzada de Occidente, se libró a la Iglesia de la absoluta destrucción y dio a varias generaciones enteras días de paz y progreso, aunque los carlistas fuesen arrinconados y perseguidos, ganando la guerra y perdiendo la paz. Dios Jaungoikoa, Cristo Rey ganó la Cruzada. Este arrinconamiento trajo el hundimiento de España tras 1978, y la puntilla del Montejurra de 1976 quería ser el asesinato del Carlismo organizado desde altas instancias de la política. Pero no, la Generalísima ha protegido a los carlistas y al Carlismo de la destrucción calculada por el enemigo. Por eso, a pesar de las crisis, los leales saben agradecer y seguir adelante. La Revolución siempre quiso al Carlismo muerto o dividido. Pues no es lo uno, ni será lo otro.
El Carlismo continua la historia de la España de siempre, está por encima de todas las miserias humanas, y tiene el nombre de la España de siempre en tiempos críticos para su historia.
Los más contrarios al Carlismo han sido desgraciadamente los que más se han favorecido de él: quizás por el "no me toques", quizás por el "no me manches", quizás por celos, seguramente que por la mala conciencia de no estar a su altura. Don Carlos VII lo sabía y optó por cumplir sus obligaciones ante Dios y por el bien común.
La Redacción
(1) Diremos que, también hoy, la jerarquía católica en España se ha metido en política desde 1976, mucho más de lo que creemos, y que la democracia cristiana, larvada en instituciones pías en la Iglesia, es de un clericalismo subido. Así estamos, serviles a un sistema contrario a la España católica de siempre y al mismo sentido común.


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