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Hoy celebramos por todo lo alto la festividad religiosa y civil de San Saturnino o San Cernin, patrono de la ciudad de Pamplona. Fue padre en la fe de San Honesto y de San Fermín -primero obispo de la ciudad romana de Pompaelo-, y con el agua del pozo de San Cernin se bautizaron los primeros cristianos, nuestros antepasados en esta ciudad.
Era obispo de Toulouse en el s. III, y su cuerpo fue destrozado en odio a la fe en las gradas de los templos paganos, atado a un toro del sacrificio ritual romano. Los romanos eran tolerantes siempre que el dios del pueblo conquistado estuviese como uno más en su panteón. San Pablo predicó en el areópago al Dios desconocido, y fue mártir de la Fe en la ciudad de Roma. También Saturnino fue mártir por su profesión pública de la fe. Los hombres sacrificaron al obispo Saturnino y el Altísimo acogió al sacrificado, que no el sacrificio de aquellos. El imposible sincretismo religioso del obispo Saturnino se debe a que manifestó que la fe católica es la única verdadera, y que contiene toda la verdad revelada y todos los cauces de salvación eterna. No calló para decir que los dioses romanos eran falsos y tenían los pies de barro.
Hoy se critican los dioses creados según se entienda el dinero, el sexo, el bienestar, el poder... y otros como la droga, el egoísmo... pero no se critica igualmente el nuevo ídolo teórico-práctico, que es -según se entienden hoy- el Estado o el poder público (la mitad más uno de lo que sea y sobre cualquier cosa que se quiera tratar), el gobierno mundial de la Agenda 2030 que enmascara cuestiones aberrantes, la plutocracia que compra países enteros -no sólo sus recursos-, deuda pública a mansalva etc.
San Saturnino, te pedimos que los cristianos no ocultemos la lámpara de la fe en la sociedad, calles y plazas, y la llevemos a las instituciones sociales y políticas. Sólo Dios es el Señor.
Recristianizar implica dejar de lado todo sincretismo religioso, como mejor servicio a los conciudadanos que nos están encomendados.
Reevangelizar significa no avergonzarse, ni abandonar las huellas materiales de aquellos que dieron su vida por la libertad religiosa de los católicos en ellos mismos, en sus familias, en su parroquia, en sus escuelas, en la sociedad..., y para que su vida de fe muy mayoritaria se hiciera debidamente visible y se trasladase a las altas instituciones del gobierno temporal.
José Fermín Garralda
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